Un
día, rezando ante un crucifijo en la iglesia
de San Damián, le pareció oír que
Cristo le decía tres veces: "Francisco,
tienes que reparar mi casa, porque está en ruinas".
Él creyó que Jesús le mandaba arreglar
las paredes de la iglesia de San Damián, que
estaban muy deterioradas, y se fue a su casa y vendió
su caballo y una buena cantidad de telas del almacén
de su padre y le trajo dinero al Padre Capellán
de San Damián, pidiéndole que lo dejara
quedarse allí ayudándole a reparar esa
construcción que estaba en ruinas. El sacerdote
le dijo que le aceptaba el quedarse allí, pero
que el dinero no se lo aceptaba (le tenía temor
a la dura reacción que iba a tener su padre,
Pedro Bernardone) Francisco dejó el dinero en
una ventana, y al saber que su padre enfurecido venía
a castigarlo, se escondió prudentemente.
Pedro Bernardone demandó a su hijo Francisco
ante el obispo declarando que lo desheredaba y que tenía
que devolverle el dinero conseguido con las telas que
había vendido. El prelado devolvió el
dinero al airado papá, y Francisco, despojándose
de su camisa, de su saco y de su manto, los entregó
a su padre diciéndole: "Hasta ahora he sido
el hijo de Pedro Bernardone. De hoy en adelante podré
decir: Padrenuestro que estás en los cielos".
El Sr. Obispo le regaló el vestido de uno de
sus trabajadores del campo: una sencilla túnica,
de tela ordinaria, amarrada en la cintura con un cordón.
Francisco trazó una cruz con tiza, sobre su nueva
túnica, y con ésta vestirá y pasará
el resto de su vida. Ese será el hábito
de sus religiosos después: el vestido de un campesino
pobre, de un sencillo obrero.
Se fue por los campos orando y cantando. Unos guerrilleros
lo encontraron y le dijeron: "¿Usted quién
es? – Él respondió: - Yo soy el
heraldo o mensajero del gran Rey". Los otros no
entendieron qué les quería decir con esto
y en cambio de su respuesta le dieron una paliza. Él
siguió lo mismo de contento, cantando y rezando
a Dios.
Después volvió a Asís a dedicarse
a levantar y reconstruir la iglesita de San Damián.
Y para ello empezó a recorrer las calles pidiendo
limosna. La gente que antes lo había visto rico
y elegante y ahora lo encontraba pidiendo limosna y
vestido tan pobremente, se burlaba de él. Pero
consiguió con qué reconstruir el pequeño
templo.
La Porciúncula. Este nombre es queridísimo
para los franciscanos de todo el mundo, porque en la
capilla llamada así fue donde Fracisco empezó
su comunidad. Porciúncula significa "pequeño
terreno". Era una finquita chiquita con una capillita
en ruinas. Estaba a 4 kilómetros de Asís.
Los padres Benedictinos le dieron permiso de irse a
vivir allá, y a nuestro santo le agradaba el
sitio por lo pacífico y solitario y porque la
capilla estaba dedicada a la Sma. Virgen.
En la misa de la fiesta del apóstol San Matías,
el cielo le mostró lo que esperaba de él.
Y fue por medio del evangelio de ese día, que
es el programa que Cristo dio a sus apóstoles
cuando los envió a predicar. Dice así:
"Vayan a proclamar que el Reino de los cielos está
cerca. No lleven dinero ni sandalias, ni doble vestido
para cambiarse. Gratis han recibido, den también
gratuitamente". Francisco tomó esto a la
letra y se propuso dedicarse al apostolado, pero en
medio de la pobreza más estricta.
Cuenta San Buenaventura que se encontró con el
santo un hombre a quien un cáncer le había
desfigurado horriblemente la cara. El otro intentó
arrodillarse a sus pies, pero Francisco se lo impidió
y le dio un beso en la cara, y el enfermo quedó
instantáneamente curado. Y la gente decía:
"No se sabe qué admirar más, si el
beso o el milagro".
El primero que se le unió en su vida de apostolado
fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de
Asís, el cual invitaba con frecuencia a Francisco
a su casa y por la noche se hacía el dormido
y veía que el santo se levantaba y empleaba muchas
horas dedicado a la oración repitiendo: "mi
Dios y mi todo". Le pidió que lo admitiera
como su discípulo, vendió todos sus bienes
y los dio a los pobres y se fue a acompañarlo
a la Porciúncula. El segundo compañero
fue Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral
de Asís. El tercero, fue Fray Gil, célebre
por su sencillez.
Cuando ya Francisco tenía 12 compañeros
se fueron a Roma a pedirle al Papa que aprobara su comunidad.
Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad,
y viviendo de las limosnas que la gente les daba.
En Roma no querían aprobar esta comunidad porque
les parecía demasiado rígida en cuanto
a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: "No les
podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo
en el evangelio". Recibieron la aprobación,
y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en
oración, en santa alegría y gran fraternidad,
junto a la iglesia de la Porciúncula.
Dicen que Inocencio III vio en sueños que la
Iglesia de Roma estaba a punto de derrumbarse y que
aparecían dos hombres a ponerle el hombro e impedir
que se derrumbara. El uno era San Francisco, fundador
de los franciscanos, y el otro, Santo Domingo, fundador
de los dominicos. Desde entonces el Papa se propuso
aprobar estas comunidades. |