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En
la isla de Tenerife, la mayor de las Canarias, llamadas "Afortunadas",
y en el poblado de Villaflor, situado en las estribaciones del Teide,
vino al mundo Pedro de San José Betancur, el 21 de marzo
de 1626, de padres pobres y cristianos viejos, acaso descendientes
del caballero francés descubridor de las Islas, Juan de Batancourt,
que fueron incorporadas a la Corona de España por los Reyes
Católicos en 1478. Se ignora porque el Hermano Pedro adoptó
el apellido Betancur, ya que sus padres se llamaban Amador González
de la Rosa y Ana García, como él mismo lo afirma en
su Testamento.
De todos modos, "la nobleza de Pedro fue tan alta que más
pueden honrarse sus reales antecesores con su virtud que él
con sus coronas". El joven Pedro, de cuyos primeros años
existen escasas referencias, se dedicó al pastoreo en los
años de su adolescencia y primera juventud, hasta que un
acaudalado comerciante tinerfeño lo tomó a su cargo,
en calidad de ayudante, llevándoselo a la capital de Reino,
Madrid. Allí oyó hablar del Nuevo Mundo, que era todavía,
y lo seguiría siendo por mucho tiempo la "tierra incógnita"
objeto de muchos sueños y ansias de aventura para muchos
peninsulares.
Dando rienda suelta a sus crecientes impulsos de pasar a aquellos
Reinos, de lo que indudablemente no estaba ausente el designio divino,
y no si aconsejarse con personas prudentes, aunque no con sus padres,
por temor de que le disuadieran de aquel empeño, se embarcó
para América el año 1650, contando 24 años
de edad, y llegó a la Perla de las Antillas, primer, y a
las tierras del quetzal muy poco después, en 1651.
Desde Puerto Trujillo, en el que desembarcó, se dirigió
a pie hasta la ciudad de Guatemala, titular de la Capitanía
del mismo nombre. Y, postrándose en tierra, besó el
suelo, y luego de rezar una Salve, dijo resueltamente: "Aquí
he de vivir y morir".
A poco llegar, el volcán de Pacaya, menos pacífico
que su majestuoso y familiar Teide, entro en erupción a consecuencia
de un violento temblor que produjo muchas víctimas. Pedro
de San José socorrió a los damnificados hasta que
su quebrantada salud, deteriorada a consecuencia del largo viaje,
le obligó a internarse en el hospital de San Juan de Dios.
Una vez recuperado, comenzó a trabajar como peón
en una tejeduría, mientras comenzaba a madurar su decisión
de ser sacerdote y misionero. Entretanto, y no obstante ser él
mismo uno más entre los sin techo de la muy noble ciudad
de Santiago, de los Caballeros de Guatemala, repartía entre
ellos sus provisiones, reservándose lo indispensable para
subsistir.
Levando adelante su propósito de ser sacerdote, por consejo
de su director espiritual, el maestro P. Juan Lobo, jesuita, ingresó
en el colegio de San Francisco de Borja, a los 28 años de
edad, tarde para enfrentarse con la gramática y los talines;
y más debiendo alternar los estudios con su trabajo en el
telar, donde su patrón, Don Pedro de Armengol, le distinguía
con su afecto y especial consideración, por lo cual sus compañeros
de trabajo comenzaron a llamar al obrero-estudiante "el señor
Don Pedro".
Su escasa retentiva, y el poco aprovechamiento de que dio muestras
en algunos exámenes en los que no acertó a contestar
ni una sola pregunta, a pesar de su aplicación y dedicación
al estudio, le obligaron a abandonarlo.
Desde que llegó a Guatemala, su profunda y como innata inclinación
a la vida de piedad, y su acendrada religiosidad, que, por lo demás,
no aparece rodeada de circunstancias milagreras, sino que se desarrolla
de una manera espontánea y encarnada en una vida de trabajo
y dedicación al estudio, así como su amplia actividad
curativa, le fueron rodeando de un halo de singularidad, y aun santidad,
y su figura comenzó a ser pronto muy popular en Guatemala.
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