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No obstante dirigirse con un jesuita y haber iniciado sus estudios
en un colegio de la Compañía, su propósito
fue siempre, tal vez aun antes de llegar a Guatemala, profesar en
la Orden de San Francisco. Frustrado este propósito, no le
quedaba otra solución que ingresar en la Orden Tercera, "para
satisfacer en parte su inclinación y dedicarse con mayores
obligaciones a los ejercicios de las virtudes evangélicas
que debajo de aquella librea de Cristo se profesan".
Tampoco de esta decisión estuvo ausente el designio de Dios:
cuando en cierta ocasión salía de la iglesia de La
Merced, después de haber asistido a Misa, le salió
al encuentro un venerable varón, que le pregunto a dónde
se dirigía; le contestó el Hermano Pedro que a la
Capilla del Calvario, en la iglesia de San Francisco, a lo que el
caballero agregó que estaba bien que así lo hiciera,
porque, por voluntad de Dios, aquel debía ser su lugar de
residencia.
El Calvario, que ahora es un santuario y lugar de peregrinación,
pertenecía a los Hermanos Terciarios Franciscanos; allí
se reunían habitualmente para su oración comunitaria
y sus ejercicios espirituales.
Allí recibió el hábito de los "terceros",
que le fue costeado por un amigo sacerdote, el año 1655.
El hábito de los terciarios, cuyo uso era común entonces,
se asemejaba al de los religiosos de la Primera Orden, si bien era
más corto y sin capilla, ceñido a la cintura con un
cordón igual al de los religiosos.
Modernamente se ha calificado al Hermano Pedro como "el San
Francisco de Asís latinoamericano", y no sin razón.
Como San Francisco, el Hermano Pedro tuvo en un comienzo sus "veleidades"
eremíticas, que trató de concretar en un lugar solitario,
lejos de la ciudad, hasta que sintió un fuerte impulso interior,
la "voz de Dios", que le obligo a volver a la misma. Como
él, comenzó su "vida en penitencia" socorriendo
a los más desvalidos y conviviendo con ellos, reparando con
sus propias manos, y con la ayuda de algunos compañeros que
le fueron agregando, y de los hermanos terciarios, la capilla del
Calvario, y construyendo después una humilde casa de acogida,
una "enfermería", que luego sería el "Hospital
de Belén", cuna del nacimiento de los Hermanos Betlehemitas.
Mientras se ocupaba de estos menesteres dijo en cierta ocasión
a uno de sus compañeros de trabajo: "Yo estudiaba para
sacerdote, pero el Señor me tenía destinado para peón".
La fama de santidad del Hermano Pedro continuaba extendiéndose
por la ciudad, y la pequeña capilla del Calvario se convirtió
en un centro de oración y apostolado, al igual que su propia
humilde vivienda junto al Hospital, donde enseñaba las primeras
letras y los rudimentos de la fe a niños y a adultos desvalidos
y sin recursos para asistir a alguno de los pocos colegios privados
existentes en la ciudad, destinados principalmente a hijos de españoles.
"Fue el fundador de la primera escuela de alfabetización
en Guatemala, y probablemente en todo el Continente", dice
María Pilón. Y agrega: "Vale la pena notar que
su manera innata de 'enseñar jugando', por medio de rimas,
juegos y cantos, en contraste con las normas rígidas de la
época, se adelantó en más de doscientos años
a las hoy reconocidas como de alto valor en la pedagogía
moderna".
En un retrato auténtico del Hermano, que se conserva en
el convento franciscano de La Antigua, aparece con su hábito
marrón de terciario franciscano y una campanita en la mano.
Esta campanita le acompañaba siempre en sus andazas apostólicas,
y con ella convocaba a los niños y a los mayores a las clases,
y a la oración y a otros actos de carácter religioso
que tenían lugar en el Calvario y en otros lugares, al mismo
tiempo que voceaba consignas y cantilenas diversas.
Diariamente recorría, "calle abajo, calle arriba",
los barrios de la ciudad, de modo que la figura del Hermano, con
su raída indumentaria y su campanita, llegó a hacerse
muy popular. El mismo, aludiendo a su condición de andariego
y correcalles, compuso unas coplas poniéndose en solfa a
sí mismo, como les puso música, y se las hacía
cantar a sus niños:
"Si quieren saber, señores, cosas
del hermano Pedro:
calle abajo y calle arriba, sin tratar de su remedio".
Mucho habría que agregar acerca del talante franciscano
de este inesperado rebrote de fray Gil y fray Junípero en
el siglo XVII, con vetas de los padres del desierto y de San Pedro
de Alcántara, como veremos, especialmente en lo que se refiere
a su espiritualidad, que parecería inspirada en sus motivaciones
más profundas, y aun en ciertas formas externas, ya que no
en todas, en la propia espiritualidad de Francisco de Asís,
como veremos más adelante.
Como él, el Hermano Pedro veía toda la creación
de Dios con ojos tan límpido que se podría afirmar
de él lo que Celano afirma de San Francisco, que parecía
un hombre "vuelto al primitivo estado de inocencia". Y
así, trataba también a todos los seres creados, animados
e inanimados como hermanos. Su vida está llena de circunstancias
y anécdotas que remiten de inmediato a la leyenda áurea
franciscana, y parecen entresacadas de las Florecillas. Citaremos
algunas de ellas.
En cierta ocasión, cuando estaba ocupado en la construcción
del humilde hospital, el vecino de Guatemala Pedro Ortiz le obsequió
un mulo tan chúcaro y desabrido que nadie se atrevía
a acercarse demasiado a él. El Hermano lo hizo sin temor,
diciéndole: "Sabé, hermano, que venís
a servir a los pobres". Y la indómita acémila
se aquietó de pronto, y por años sirvió a los
pobres en el hospital transportando materiales de construcción
y vituallas.
"Estando en otra ocasión este propio animal uncido
al carro, a tiempo que llovía mucho, le dijo el siervo de
Dios: "Quítese de ahí, hermano, ¿no ve
que se moja?". A cuya palabras obedeció acomodándose
debajo de una galería, donde trabajaban los oficiales, con
admiración de todos los presentes" ¡No era para
menos!
Estando todavía en el hospital en construcción, una
plaga de ratones invadió una dependencia provisoria en la
que se alojaban algunos enfermos. Entonces, el Hermano, empuñando
un palo a guisa de bastón de mando, convocó a los
molestos roedores a capítulo, diciéndoles: "Esta
es la justicia que manda hacer el Rey del cielo con los hermanitos
ratones". Los cuales comenzaron a afluir de todos los rincones,
y como otro flautista de Hamelin, los fue llevando al otro lado
del río Pensativo. Pero no los dejó librados a su
suerte, y periódicamente les llevaba los restos de la comida
del hospital.
Socorría igualmente a cualquier otra criatura de Dios viéndola
en necesidad. Así, acostumbraba curar en el hospital a los
perros malheridos que encontraba en sus correrías por los
barrios. En cierta ocasión llevó también al
hospital a un zopilote, ave de rapiña en Centroamérica,
al que unos muchachos estaban a punto de linchar, lo curó
y trató con cariño, tanto que se quedó a vivir
en la casa, hasta que uno de los hermanos se le llevó a la
tierra de los incas después de la muerte del Hermano Pedro.
Si bien el Hermano fracasó en su intento de ser sacerdote,
no era in iletrado ni mucho menos, como lo testimonian sus contemporáneos,
y entre ellos algunos ilustres prelados que le distinguieron con
su amistad y lo apreciaban mucho, como Monseñor Ribera, Obispo
de Guatemala: "En todo son preciosas sus prendas, más
la de su entendimiento la estimo por lo más singular".
"No tengo por muy extraño, comenta Montalvo, esta inteligencia
de las cosas del cielo en un hombre que no sabía nada de
la tierra, porque siempre fue estilo de Dios esconder sus más
arcanos misterios a los sabios y prudentes, y revelar a los pequeños
y humilde".
Sabía también bastante, y aun harto, de las cosas
de la tierra; o, al menos, tenía esa sabiduría popular,
a lo humano y lo divino, que es común entre la gente del
pueblo, y en concreto de nuestro pueblo latinoamericano, y que en
el Hermano Pedro estaba acrecentada por su inculturación
en la realidad del submundo de una ciudad colonial, y por su profunda
experiencia en Dios. Sus hechos y dichos se advierten siempre penetrados
en esa ciencia natural de las cosas y de los hombres que llamamos
sabiduría popular.
Se tenia a sí mismo, sin embargo, por un ignorante e idiota,
como su Padre San Francisco (decía siempre "mi Padre
San Francisco"), por lo cual acostumbraba aconsejarse en todas
sus decisiones, aun las menos relevantes, no sólo con sus
Superiores o Prelados y con su director espiritual, sino aún
con los más humildes de sus hermanos, como quería
también San Francisco: "A los más viles esclavos
y a los indios más abatidos respetaba y obedecía como
si fueran sus superiores o sus amos". Y cuando algunos doctores
varones le preguntaron por qué consultaba hasta las cosas
de menor monta, el Hermano contestó: "Porque soy tan
tonto, que jamás me fío de mi propio capricho, que
no la yerre".
Ese don de ver en la profundidad de las cosas, y más allá,
lo que trasciende el ser natural de las mismas y sus relaciones,
ese sentido de lo sagrado que lleva a veces a los videntes, los
poetas y los santos a adoptar ciertas actitudes aparentemente reñidas
con la lógica y el sentido común, estuvieron también
presentes en el Hermano Pedro, y aun se puede decir que daban la
tónica a una personalidad tan descentrada de sí misma,
y tan centrada en Dios, que algunas mentes ilustradas bien pudieron
calificarla como insana, pero que en él, como en "su"
Padre San Francisco no eran sino el trasunto de una naturaleza ya
casi recuperada y confirmada en la gracia original.
Así, por ejemplo, entre otros que se pudieran citar, y que
al sesudo biógrafo que venimos citando no dejan de parecerle
"dignas de reparo", el Hermano Pedro no tenía empacho
en acompañar la procesión del Corpus Christi revoleando
sin cesar su pesado manto a guisa de bandera delante de la custodia,
y haciendo "alegres mudanzas y regocijadas cabriolas",
mientras "acompañaba con los compases de los pieles
a los movimientos de los brazos", y cantaba a voz en cuellos
coplas que él mismo había compuesto. Fue opinión
común de todos los ciudadanos de Guatemala que, cuando el
siervo de Dios celebraba de esta manera la presencia corporal del
Señor en el Sacramento, "se encendía de manera
su rostro que más que hombre parecía serafín".
Ya haremos también mención de otros extremos de devoción
del siervo de Dios en relación con el misterio del "Santísimo
cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo", tan central
o nuclear en la espiritualidad franciscana.
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