
Aquel
15 de septiembre de 1821, la sesión estaba citada para
las ocho de la mañana en el salón principal
del Real Palacio. Desde antes de esa hora comenzó a
llegar alguna gente, mientras los invitados entraban al edificio.
Algunos llegaron a pie, otros en coche o carruaje. Los curiosos
los observaban desde la Plaza Mayor y los portales del palacio.
La reunión había sido convocada por el señor
Jefe Político superior, brigadier don Gabino Gaínza,
para tratar "asuntos del mayor interés que pueden
ocurrir a la felicidad y tranquilidad pública".
El día anterior se había recibido la noticia
de Chiapas que la capital de es intendencia y otras poblaciones
se habían adherido al Plan de Iguala, firmado por los
independistas mexicanos Iturbide y Guerrero. El día
antes, viernes 14 de septiembre, había llegado cartas
al Real Palacio por las cuales Ciudad Real, Tuxtla y Comitán
comunicaban su decisión de separarse de España,
uniéndose al Plan de Iguala, promulgado en febrero
anterior en el virreinato de la Nueva España. Se trataba,
pues, nada menos que de una declaración de independencia
de España, puesto que en dicho plan se había
acordado la emancipación, proponiendo los mexicanos
el trono al propio Fernando VII, y de no aceptarlo, lo podrían
asumir, en su orden, "el Serenísimo Sr. Infante
don Carlos, el Señor don Francisco de Paula, el archiduque
Carlos, u otro individuo de la Casa reinante".
Inmediatamente, el Jefe Político superior de Guatemala
se dirigió al ayuntamiento de la ciudad, en el lado
norte de la Plaza Mayor (donde está hoy el Palacio
Nacional), encontrándose con la novedad que allí
también se había recibido la comunicación
de Chiapas. Gabino Gaínza tomó entonces la determinación
de pasar inmediatamente los documentos en consulta a la Diputación
Provincial, la cual, impuesta de tan grave asunto y "por
el dominio y ascendiente que ha tenido la opinión de
la independencia en todas los ciudadanos", recomendó
llevar a cabo una reunión para escuchar el dictamen
informativo del arzobispo, así como de individuos del
cabildo eclesiástico, dos de la audiencia, dos del
ayuntamiento con sus síndicos, los jefes generales
de los cuerpos militares, dos del claustro de doctores, dos
del Colegio de Abogados, el Auditor de Guerra, el señor
Protomédico, el prelado general de cada una de las
órdenes religiosas y los curas párrocos de la
capital.
El brigadier Gaínza fijó las ocho de la mañana
para iniciar la reunión. Por la tarde del mismo viernes
14, se hicieron por oficios las citaciones. Como ya se había
divulgado la decisión tomada en Chiapas, los principales
vecinos de la capital estaban muy alterados. Así que,
de inmediato, cada una de las corporaciones citadas procedió
a designar sus representantes. El cabildo eclesiástico
nombró a los doctores Antonio García Redondo,
deán, y a José María Castilla, canónigo.
La audiencia, además del regente, a Tomás O´Horan
y a Miguel Larreynaga. El ayuntamiento, al primer alcalde
y dos síndico. El claustro de doctores, a don Serapio
Sánchez y don Mariano Gálvez. Y el Colegio de
Abogados, a don José Francisco Córdova y a don
Santiago Milla.
La Sesión General
Sin mayor retraso, se inició la reunión al
día siguiente, 15 de septiembre. El ambiente era
tenso ante la expectativa de lo que se podría resolver
y toda la Junta fue a puerta abierta. Había alrededor
de 50 personas en el salón, pero en la antesala y
en el corredor se fue juntando cada vez más gente,
lo mismo que en el patio, en los portales exteriores y en
la plaza misma.
Durante la lluviosa noche anterior, se habían visitado
los barrios, a fin de invitar a los vecinos para que asistieran
a la reunión. Al principio, el concurso de gente
no fue muy numeroso, por lo que don José Basillo
Porras y doña María Dolores Bedoya (esposa
del doctor médico, don Pedro Molina) fueron a llamar
más gente, pusieron música y quemaron muchos
cohetes, con lo cual aumentó la concurrencia en el
exterior del Palacio.
La sesión comenzó con la lectura de las actas
recién llegadas de Chiapas. A continuación,
cada unos de los vocales de la junta debían expresar
su dictamen por orden de su jerarquía. De allí
que correspondiera tomar primero la palabra del señor
arzobispo, Dr. Fray Ramón Casaus y Torres, conocido
opositor de la emancipación. Su opinión fue
que no había por qué resolver en ese momento,
sino esperar lo que España decidiera respeto del
Plan de Iguala. Desde afuera se oyeron voces acallándolo
y hasta profiriendo algunos insultos. Luego hablando el
canónigo Castilla y el deán García
Redondo, ambos favorables a declarar la independencia. Intervino
también el brigadier Gaínza, que se inclinó,
aunque vacilante, por hacerlo conforme al Plan de Iguala.
Y si bien hubo discrepancias en cuanto a si la emancipación
debía declararse adhiriéndose o no al mencionado
Plan, todos coincidían en que la opinión general
era por la independencia.
Cada vez que uno de los reunidos hablaba en ese sentido,
se oían los vítores a través de la
puerta y las ventanas abiertas. Y cuando algunos exponían
alguna duda o pedía posponer la decisión,
sucedía todo lo contrarío. Esta actitud, desanimó
fue la que llevaba preparada y argumentó convincentemente
el ilustre jurisconsulto José del Valle, la cual
tenía la cualidad de satisfacer a la mayoría
de ambos bandos. Su punto de vista jurído era que,
no siendo la reunión de diputados de todos los pueblos
del Reino, no estaban autorizados para decidir forma definitiva.
A lo cual agregó que, si bien era conveniente declarar
la independencia "para prevenir las consecuencias que
serían temibles en caso que la proclamase de hecho
el mismo pueblo", lo que había de resolverse
era convocar un congreso cuyos diputados, adecuadamente
instruidos, debían de ratificarla y decidir la forma
de gobierno y la ley fundamental. A esta propuesta, apenas
se opuso uno de los curas párrocos, opinando que
no veía necesidad alguna de hacer variación
en el gobierno, el cual podía muy bien tomar las
medidas de seguridad que convinieran.
Hacia las once de la mañana se procedió a
hacer la votación. Dos terceras partes estuvieron
en favor de lo propuesto por don José del Valle,
conforme a lo cual, mientras se reunía el congreso
con los diputados de los pueblos del Reino, continuarían
en sus cargos las actuales autoridades.
Los votos en favor los pronunciaron, por la Diputación
Provincial, don José Mariano Calderón, el
doctor José Matías Delgado, don Manuel Antonio
Molina, don Antonio Rivera Cabezas y don Mariano de Aycinena.
Por la Audiencia, el regente don Francisco de Paula Vilcehs
y los oidores Tomás O'horan, Migue Moreno y Miguel
de Larreynaga, los dos representantes del cabildo eclesiástico,
los de ayuntamiento y el claustro de doctores, y los prelados
superiores de los recolectos y franciscanos.
Los Firmantes del Acta
Gabíno Gaínza, natural de Pamplona (España),
José Matías Delgado, natural de San Salvador,
Manuel A. de Molina, natural de San Vicente, Mariano de
Larrave, natural de La Antigua Guatemala, Mariano de Aycinena,
oriundo de La Antigua Guatemala, Mariano de Beltranena,
natural de Guatemala, José Antonio de Larrave, natural
de La Antigua Guatemala, Pedro de Arroyave, natural de La
Antigua Guatemala, José M. Calderón, natural
de Zacapa, Antonio de Rivera, natural de Guatemala, Ysidoro
de Valle, oriundo de España, José Domingo
Diéguez, oriundo de La Antigua Guatemala, y Lorenzo
de Romaña, nativo de Mallorca, España.