Cuentan
que en barrio de Santa Rosa, vivió una mujer tan bella como
la luna, con ojos y pelo negro como la noche, que era hija de la dueña
una gran casa. Y que en una ocasión la muchacha se asomó
a la ventana de la casa, y en ese mismo instante el cristal de la
ventana se rompió en pedacitos. La madre de la muchacha no
le puso atención, pues pensó que había sido travesura
de algún niño. Al día siguiente se arreglo el
cristal, y al pasar la muchacha por la ventana, pasó exactamente
lo mismo, de ello que la madre le dijo a su hija que no pasara más
por la ventana. Luego de esto ya no pasó nada, pero en la caballeriza
los caballos corrían y relinchaban como diablos. Cuando el
peón revisó a los caballos, todos, absolutamente todos
los caballos tenían las crines bien trenzadas con unos nudos
tan fuertes, que les cortaron las crines a todos por no poder deshacerlas.
La muchacha empezó a verse más pálida, más
delgada, porque no comía ni dormía. Se fueron con
el Padre de Santa Rosa, y éste les dijo que era el Sombreron,
les aconsejó como ahuyentarlo.
Hicieron lo que padre le dijo y colocaron una mesa de pino sin
pintar con una guitarra nuevecita bajo un naranjo. Cuando por la
noche se oyó el relinchar de los caballos, la muchacha salió
a la ventana y una pedrada rompió la ventana, entonces salió
a la puerta y vio a un pequeño hombre, vestido de negro y
con un cinturón que brilla mucho. Él le dijo que venia
para llevársela porque le gusta mucho por su pelo y sus ojos.
Entonces ella le dijo que aceptaba irse con el, pero que antes tenía
que cantarle un canción como las que cantan los ángeles
en el cielo; el Sombreron se dio la vuelta y nunca regresó.

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